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Reflexiones desde las nubes

June 1, 2018

 

Sí. Estudié en Harvard para ser maestra.

 

Generalmente, encuentro en los viajes un espacio de reflexión. El hecho de estar, literalmente, entre las nubes, me da un momento para sacudir viejos paradigmas o profundizar en mis ideas y convicciones. El último viaje que realicé no sólo me llevó a reflexionar sobre mi labor como educadora, sino también, sobre algunas concepciones fuertemente arraigadas a nuestros sistemas educativos.

Abordaba un vuelo de regreso a Boston tras haber asistido al foro Leading Education en la Universidad de Miami. Todavía con ideas sobre innovación educativa y profesionalización docente revoloteando en la cabeza, ubiqué mi lugar justamente entre un hombre y una mujer, ambos estadounidenses y en sus cincuentas, que orgullosamente portaban la insignia Harvard Mom y Harvard Dad en sus camisetas color carmesí.

Como reciente graduada de la Escuela de Educación de esta universidad, no pude evitar iniciar una conversación con la pareja. “Felicidades.”, les dije, “¿Hija o hijo?” Ambos voltearon hacia mí y emocionados me contaron mil y un historias de su maravillosa hija. Después me preguntaron sobre mí y les platiqué que acababa de terminar mi maestría en educación en esta universidad.

“¡Felicidades!” exclamaron los dos al unisón. “¿Y qué vas a hacer ahora? Por su puesto, no estudiaste en Harvard para ser maestra.” Tardé unos segundos en responder. La pregunta que me hicieron era bien intencionada pero dejaba entrever una concepción social de enorme impacto para la educación en el mundo. “Sí. De hecho sí estudié en Harvard para ser maestra.” respondí.

La pareja rápidamente cambio el tema de conversación para hablar sobre el invierno en Boston, la temporada de los Red Sox y el mejor clam chowder de la ciudad. Sin embargo, aquella inocente pregunta se quedó dando vueltas en mi mente. ¿Por qué creemos que poner nuestras vidas al servicio de la educación es poco digno o consiste en un trabajo de bajo perfil? ¿Por qué parece que los mejores estudiantes, aquellos que han accedido a las mejores oportunidades, deberían hacer algo “más valioso” o “importante” con su carrera? ¿Acaso la hija de esta agradable pareja hubiese podido estudiar en una Ivy League sin profesores que la prepararan e inspiraran para ello?

Contrario a lo que normalmente se piensa, ser maestro o maestra debería ser la profesión más valorada en cualquier país, pues en realidad son ellos quienes forman la mente, los valores y el futuro de los individuos y las sociedades. Como es sabido, detrás de cualquier gran hombre o mujer, artista, empresario, médico, político o ingeniero, hay al menos un maestro que le dio los conocimientos, habilidades y actitudes que le hicieron merecer el éxito. Si formar futuros profesionistas, líderes, madres, padres y ciudadanos no es una tarea lo suficientemente valiosa y admirable, no sé qué pueda serlo.

 

Este argumento podría ser considerado anecdótico y emocional, pero existe la suficiente evidencia como para ser respaldado. De acuerdo con Jonah Rockoff, doctor en economía por la tan mencionada universidad, tener un buen maestro en la primaria se traduce en una ganancia adicional de 250 mil dólares en la vida productiva de un individuo en Estados Unidos, mientras que un mal maestro impedirá a los alumnos ganar una cantidad similar. Que quede claro.

Estamos hablando de un solo maestro en la primaria. Ahora imaginémonos los efectos que tendría el garantizar maestros extraordinarios desde el jardín de niños hasta la formación profesional de una persona. ¿Acaso no esta información no nos hace revalorar la importancia de la profesión docente?

El criterio para definir a un buen o mal maestro en esta y otras investigaciones ha sido principalmente el resultado de los alumnos en las pruebas estandarizadas, es decir, su rendimiento académico. Sin embargo, la labor de un buen maestro va mucho más allá de lo cognitivo y sus efectos trascienden los indicadores económicos. Un buen maestro también establece una conexión personal con el alumno. Lo inspira, le ayuda a descubrir su propio potencial, a creer en sí mismo, a tomar decisiones inteligentes y a convertirse en un miembro responsable en la comunidad. Con esto en mente, no sorprende que la investigación de Rockoff también revele que los estudiantes con los mejores maestros tengan mayores probabilidades de ir a la universidad, menos probabilidades de embarazos adolescentes y presentan mayor propensión a reportarse satisfechos con su vida.

Los efectos de un buen docente no son ningún secreto, la magia detrás de todo sistema educativo exitoso está en la calidad de sus profesores. De hecho, reconociendo los efectos de un profesorado de calidad, el 78% de los expertos en la Cumbre Mundial sobre Innovación y Educación 2016 coincidieron en que los sistemas educativos alrededor del mundo deben invertir más en la atracción, selección, profesionalización y retención de los mejores maestros, por encima inclusive de inversiones en tecnología. En este mismo foro, el filósofo español José Antonio Marina presentó una serie de propuestas para elevar el nivel del profesorado en el mundo, mismas que comienzan por plantear el reclutamiento de los profesores entre el 30% de los estudiantes más brillantes de cada sistema, siendo ésta una carrera tan prestigiada como medicina o ingeniería.

 

Aunque es bien sabido que la educación es un proceso orgánico que involucra padres, escuelas y comunidad en general, las investigaciones y opiniones de expertos son contundentes: la profesión docente es una pieza fundamental en el desarrollo de una sociedad. Sin embargo, el mundo no parece entenderlo aún. Casi el 60% de los miembros de la comunidad WISE reportó que los maestros alrededor del mundo no son tratados con el respeto que merece. En países latinoamericanos, únicamente el 27% cree que los maestros son verdaderamente respetados.

Aquella conversación entre las nubes me llevó a reiterar mi convicción como persona y profesionista hacia la educación. Sí. Estudié en Harvard para ser maestra, porque tener gente preparada y apasionada en las aulas significa tener estudiantes motivados, profesionistas exitosos y ciudadanos comprometidos. Creo que la misión de cualquier buen maestro es inspirar a sus alumnos a convertirse en la mejor versión de sí mismo. Esta idea llevada a una perspectiva macro quiere decir que los maestros también tenemos el poder de inspirar a un país entero a desarrollar su máximo potencial social, económico, cultural y humano.

 

 

 

Gilda Colín

 

Consejera de Mexicanos Primero Jalisco

 

 

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